Mi historia post-parto

Siempre escuché todo tipo de confesiones sobre el amor de madre. Qué es lo más lindo que una mujer puede experimentar!, qué no hay sentimiento que pueda superarlo y que, es un amor, para toda la vida. Estoy de acuerdo con todas, pero en mi caso, el amor por mi hijo no nació con su nacimiento. Esta es mi historia…

Mi esposo y yo decidimos empezar agrandar la familia de dos que habíamos formado. Me quedé embarazada de un bebé que había sido muy deseado. Pero casi inmediatamente de quedarme embarazada empezaron a surgir los síntomas del embarazo. Nauseas y vómitos continuos llantos sin razón aparente con un cansancio extremo. 

Tenía otras expectativas del embarazo, talvez demasiado altas. Me sentía mal por no disfrutarlo, así como escuchaba a otras mujeres diciendo que era la etapa más linda de la mujer, el embarazo no era una enfermedad. Pero yo me sentía enferma. Si alguien está vomitando sin parar llama a su trabajo y dice que no puede ir porque está enfermo. Pero a las mujeres embarazadas no se nos da ese privilegio. Tenemos que estar radiantes porque llevamos vida en nuestros vientres. 

Con el tiempo los malestares fueron dándome tregua, y pude enfocarme en alistar todo lo que necesitaba para la llegada de mi bebé. Llegó el día de su nacimiento. Un 2 de julio, ingresé al hospital con contracciones cada 10 minutos. Había llegado el momento más esperado. Quería conocer a mi bebé y sentir ese amor inmediato que escuché decir a muchas madres. 

Mi trabajo de parto fue muy duro y largo, como una montaña rusa que a veces avanzaba y luego venía abajo. Después de 42 horas de parto mi hijo nació por cesárea. Me sentía derrotada, quebrada, fracasada, frágil, vulnerable y muy muy triste. No sentía esa conexión que todas decían haber sentido cuando sus bebés nacieron. Empecé a sentirme como la peor madre del mundo, el ser humano más horrible del universo. 

¿Por qué yo no sentía ese gran amor a pesar de que tampoco sentía rechazo? Me hice miles de preguntas ¿Por qué me siento tan infeliz si mi bebé nació bien y está sano?

Salí del hospital y llegué a mi casa, fue allí donde el mundo se me vino abajo. La tristeza y los llantos eran mas continuos, no era un llanto cualquiera, era desde lo más profundo de mi ser. Me preguntaba, ¿cómo será posible querer conectarte con tu bebé con todas tus fuerzas y no poder? Sentir que no quieres a tu hijo lo suficiente es un sentimiento muy desgarrador.

Empecé a creer que mi bebe necesitaba una madre mejor que yo y, que lo mejor, sería que yo me muriera. Empecé alucinando con la idea de morirme, ya que esa era mi solución a todo el dolor que estaba sintiendo. Tenía que fingir que todo estaba bien porque me daba vergüenza expresar lo mal que me sentía. ¿Cómo algo tan común en el mundo como ser madre parecía una experiencia horrible para mí? 

Todo fue empeorando, empecé a tener imágenes en las que le hacía daño a mi bebe, me daba miedo bañarlo y en cualquier momento del día esos pensamientos me invadían. Las imágenes eran infinitas  y esos pensamientos invasivos dominaban mi mente. Rápido llegó el insomnio y una lactancia que no funcionaba a pesar de las innumerables citas en el hospital para que me ayudaran a solucionar lo que pasaba así que, eso agravó todo aún más. Pero la más cruel de todas era la culpa, esa maldita culpa que cargamos las madres por no ser como supuestamente debemos ser. 

Llamé a mi esposo al cuarto y entre lágrimas me quebré y le dije que necesitaba ayuda de un profesional. Él arreglo una cita con una psicóloga que hablaba español y ese día empecé a sacar todo lo que llevaba dentro de mí. Me siento orgullosa de mi misma por haber pedido ayuda. 

«Se requiere de mucha valentía y coraje para reconocer que necesitamos ayuda»

Allí empezó mi proceso de sanación, de la mano de mi psicóloga y mi psiquiatra en el ámbito médico y por parte de mi esposo y de las pocas personas que sabían lo que estaba pasando. La depresión post – parto y el trastorno obsesivo compulsivo no son enfermedades modernas ni inventadas, son reales y pueden afectar a muchas mujeres.

 En este mismo momento hay muchas madres sufriendo en silencio esta terrible enfermedad allí fuera, sintiendo vergüenza por no sentirse felices con el don más grande que hay: dar vida. La maternidad tiene expectativas muy altas y cada vez se nos exige más a las madres. Por esta razón tendemos a compararnos con otras mamás, para llenar las expectativas que la sociedad nos impone. Pero la maternidad es tan amplia que no es justo compararse. No hay buenas ni malas madres, una es la madre que es y punto. 

Dejé la lactancia porque comprendí que funciona cuando está bien para los dos, pero si uno no esta bien entonces no funciona. Comprendí que podía dar el pecho por obligación o dar un biberón con amor. Mi proceso de sanación fue largo y muy oscuro, hubo momentos en los que no veía el final a esta pesadilla. Pero se sale, se los prometo que se sale. Pero hay que atravesar ese puente. 

Con el tiempo aprendí que no se puede querer desde la culpa, que tenía que ser como los perros recién bañados, que se sacuden el agua. Pues yo debía empezar a sacudir mis culpas.  Que debía aplicar el principio de auxilio en los aviones, ayúdate a ti mismo antes de ocuparte de los demás. Mi bebé necesitaba una mamá saludable mentalmente para poder criarlo en un hogar también saludable. 

Por esta razón siempre hablé con él y le dije que él debía dedicarse a ser un bebé y, que yo, iba a solucionar los problemas. Finalmente me di cuenta que algunas madres tienen ese amor a primera vista, pero otras debemos construir esa relación con el tiempo. Comencé por aceptar que tengo el derecho de estar triste, a veces. 

«Mi hermana me dijo una vez que conocería el amor infinito, pero también el cansancio infinito, el miedo infinito y la inseguridad infinita. Cada madre tiene sus propios infinitos»

Sigo teniendo miedos y momentos de tristeza, pero sé como enfrentarlos. Tengo la valentía para pedir ayuda nuevamente si la necesito. Ahora me doy cuenta que amor por mi bebé era lo que menos me faltaba, porque si levantarme cada noche para darle de comer aún sin saber si quería seguir viviendo, no es amor, entonces no sé lo que es. 

Que el amor por él fue lo que me dio el coraje para buscar ayuda, para poder ser la mamá que él se merecía. Fue así como empecé a reencontrarme conmigo misma, y fue una experiencia increíble. Tal vez mi historia con mi hijo no empezó de una manera linda, pero es la nuestra, no es la historia de nadie más y eso es lo que la hace especial. 

Siempre me pregunté por qué yo tenía que pasar por todo eso, pero ahora estoy agradecida, porque llevo a mis espaldas un gran aprendizaje de vida que me ayuda a ser mejor persona. Siempre recuerdo una frase que encontré por internet que decía: <El mejor regalo que una madre puede dar a su hijo o hija, es haberse sanado como mujer>.

Y tú mamá que me estas leyendo, tú también te puedes sanar.  Dedicado a Felipe, mi hijo. Gracias por tenerme paciencia y esperarme mientras me recuperaba. Te amo!